I
Me desperté y
todos todos
estaban muertos
todos los que me
quisieron o eso
decían
todos muertos.
Primero me dije;
esto es la vejez.
Después juzgué que
quizá
debiera pensar: es
como
si todos
estuvieran muertos.
Y no. Quizá sea:
es como
si yo, yo misma,
estuviera viva.
II
Como si lo real
golpease a
distancia
de paisaje
y la cabalgata no
incluyese
el cambio de
bestia.
Camino.
III
Pero veo un cielo
con cicatrices.
Por mi extremo sur
el suelo emigra.
Y sí.
Cuando no descansa
en la forma
la luz daña.
Vuelvo a alistar
la espera
pertrechada en el
sitio
donde reaparecerá
la caza.
IV
Pruebo decirte:
me sentía como
quien
arranca árboles
del camino
como si fuera la
radicha de los campos
y no nada de verde
entre los dedos
que entrelazaban
los minutos con el
canto rodado
escurridizo
que temblaba
fulgores con el sol
poco
en esta tierra
en este lugar
donde he quedado
varada
como un tractor en
desuso
al sol
claro
como si de golpe
viniera
en una siesta
una pandilla de
escolares
a jugar a la
antigua herramienta.
V
La tarde se va
posando cautelosa
tenue en el día
hinchado de sol
y vuelve difuso el
contorno del tiempo
que debiera ser
presente
y no. Es un
entrelazado de memorias
en el que ciertos
olvidos no cerrarán.
VI
Camino una calle
hay contornos.
Doblo tras una
sombra
y los bordes se
borran.
Atino a ver que
sólo
la sombra
y no la mía
me es solidaria.
VII
Con cada día
emprendo
un nuevo viaje
desde mi yo, la
imagen de mí
y vuelvo cada vez
con una máscara
distinta
a habitar
la estampa de
la niña que fui.
VIII
Salto de edad en
edad
y con rabiosa
inocencia busco
urdir una trama
donde
la vida quiera
convidarme
a un almuerzo
campestre.
IX
Miraba la calle
sin
veredas y
no pasaba nadie.
Sólo el susurro de
los paraísos
quietos
y el vislumbre
de flores blancas
de ciruelo en un
ángulo donde
debiera
estar la puerta.
Y oí una charla
bajo
la alta ventana.
Me subí a ver
quienes así
tramaban
riendo
alguna secuencia
de
sus días. Y no ví
a nadie.
Nomás el eco
era lo que me
llegaba.
Y siempre el eco
bajo las ventanas
tampoco mías.
Ana
Caballero nació en Buenos Aires en 1940. Ha
publicado las siguientes obras de teatro:
Madre Nitrato
(1984);
Seis salchichas son seis
centavos (1986);
La inocencia del
deseo (1987) –Mención Fondo
Nacional de las Artes–;
Deuda de amor
(1990) –Segundo Premio de la Asoc. Argent. de Actores
(1992)–;
Ensayo en la arena (1993),
Rural's
Flippers (1994);
Gente con flojera
(1995); Ensayo
en la arena (1997): El
ama (2003);
El elegido
(2004). En colaboración publicó
50 años de la lengua
en tierra argentina; Hambre de amparo
(1997); y
Limpio de espera
(1998), poemas